No fue ayer, no, fue la semana pasada. Estaba yo esperando el bus cuando cruzó ante mí. Por la manera en que me miró juraría que se sorprendió al verme, como si mi cara le sonase de algo pero no supiera de qué, o más bien, como si yo estuviese en aquel lugar cuando no debía de estar y la hubiera pillado por sorpresa. Supongo que yo puse la misma cara. Al pasar me saludó fríamente.
- Hola - dijo.
- Hola - Respondí.
Y se marchó. No sé paró a preguntarme como estaba o que tal me iba, ni siquiera me dejó una sonrisa como en tiempos me tenía acostumbrado, continuó su camino junto a otra chica a la que no conozco. No puedo recriminarle nada, yo tampoco sonreí ni hice nada por comunicarme, estaba absorto en mis pensamientos y mi cara seguro que no invitaba a pararse. Me lo han dicho más de una vez, sobre todo últimamente, pero es mi forma de ser y no consigo cambiar, aunque te juro que lo intento.
Era la última persona con la que esperaba cruzarme, de echo casi se me había olvidado que existía. Hacía unos doce años que no la veía, mucho tiempo. Casi no había cambiado. Obviamente ya no era una niña, pero conservaba aquel aspecto infantil y aquel aire de niña rebelde que me había encandilado en su momento. Apenas pude verla unos segundos, pero juraría que la vi más guapa. Los años la han tratado bien.
Recuerdo la primera vez que la ví. En realidad siempre había estado allí, pero yo no me dí cuenta de su presencia hasta que un día me soltó una patada. Literalmente, me soltó una patada en la espinilla para que la mirara a los ojos. Yo estaba metido en mi mundo, concentrado en mi copa y en leer el horóscopo del día, y ni me había dado cuenta de que se había sentado frente a mí.
Empezamos un juego; yo era el gato y ella el ratón que quería dejarse atrapar. Eso me hizo creer. Por dos veces caí en la trampa y descrubí mis cartas, entonces daba marcha atrás. Creo que le gustaba saber que me tenía a sus pies, y aprovechaba el momento para pisotearme. Cuando yo entraba en su juego ella ya no quería jugar. LLegó a desesperarme. Me cansó. Varias semanas más tarde, fue ella la que vino buscando algo, no sé el qué ni me interesaba saberlo, porque yo ya no quería jugar, y se lo dejé bien claro.
Me quedé mirándola, estudiando su manera de caminar mientras se alejaba calle arriba, y entonces... volvió la mirada atrás. Solo giró la cabeza, sin detenerse, pero sé que lo hizo para volver a verme. Solo un segundo y continúo su camino. Nuestras miradas se cruzaron y creo que los dos nos sentimos descubiertos. En ese momento retrocedí 15 o 16 años en el tiempo y afloraron dentro de mi algunos recuerdos que creía ya aparcados: aquella tarde bajo la lluvia cuando mi nariz rozó la suya, juegos olvidados... Y justo en aquél momento, mientras mi mente viajaba en el tiempo, llegó el autobús; y de él bajó la chica la chica que yo esperaba, sonriendo, feliz solo por saber que yo estaba allí, esperándola...
Imbecil... - Pensé - soy imbecil...
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